Una familia y Jesús
- Emma R.
- 7 ago
- 2 min de lectura
Actualizado: 10 ago

En el blog anterior, mi papá habló sobre el impacto que puede tener nuestro esfuerzo en la vida de las personas a las que servimos. A veces pensamos que, frente a necesidades tan grandes, lo poco que hacemos no hace la diferencia. Pero hace unos meses Dios me recordó, por medio de una sencilla frase, que ninguna semilla sembrada con amor es en vano.
Quiero presentarles a Rebeca. Ella llegó siendo una bebé recién nacida al albergue que visitamos desde hace más de tres años, así que hemos tenido el privilegio de verla crecer. Hoy tiene ocho años y es una niña dulce, obediente y generosa, con una paz que solo Dios puede dar.
Un día estábamos jugando. Yo le hacía masajes en la espalda como si hubiera venido a un spa y, por supuesto, tenía que pagar cada servicio... con dinero imaginario.
Cuando terminé le dije entre risas:
—Listo, señorita, ahora págueme si quiere otro masaje... ¡y que sea mucho dinero!
Entonces ella preguntó:
—¿Ah, pero tú quieres ser millonaria, verdad?
Yo respondí bromeando:
—Pues sí, para comprar muchas casas, carros y juguetes...
Pero inmediatamente ella contestó algo que jamás olvidaré:
"Lo que yo quiero es una familia y a Jesús."
Esas siete palabras quedaron grabadas en mi corazón.
Mientras muchos soñamos con tener más cosas, una niña que ha vivido la falta de tantas cosas entendía perfectamente cuáles son las dos necesidades más profundas del ser humano: pertenecer a una familia y conocer a Jesús.
En ese momento comprendí que nada de lo que hacemos es en vano. Cada abrazo, cada visita, cada enseñanza bíblica, cada oración y cada muestra de amor pueden parecer pequeñas, pero Dios las usa para sembrar esperanza. Cuando la semilla de la Palabra se planta con perseverancia, Él mismo se encarga de hacerla crecer.
Como dice Salmo 68:6:
"Dios hace habitar en familia a los desamparados."
Hoy Rebeca ya tiene lo más importante: tiene a Jesús. Pero todavía hay una oración en nuestro corazón: que Dios le conceda una familia que la ame y la cuide.
Por eso quiero pedirte un favor. Si estás escuchando este podcast, ora por Rebeca. Pídele al Señor que fortalezca su fe y que, en su perfecto tiempo, le provea una familia llena del amor de Cristo.
Y creo que esa es la gran lección de esta historia.
Vivimos en un mundo que nos enseña a buscar dinero, éxito y reconocimiento. Pero de nada sirve tenerlo todo si no tenemos a Cristo. Y Dios tampoco nos creó para caminar solos; nos dio una familia, ya sea biológica o espiritual. Todos los que hemos creído en Jesús somos parte de una misma familia y estamos llamados a amarnos y cuidarnos unos a otros.
Al final, Rebeca nos recordó una verdad eterna: la verdadera riqueza no está en lo que tenemos, sino en quién tenemos. Porque cuando tenemos a Jesús y una familia donde experimentar su amor, tenemos lo único que realmente permanece para siempre.
Emma R.


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